Cruzando el Amanogawa

PRÓLOGO

Luces rojas, luces amarillas y blancas parpadean intensamente. Aunque tengo los ojos cerrados, su intensidad me atraviesa los párpados y puedo notar sus cambios de ritmo. La música terriblemente fuerte, en el límite de los decibelios legales .Mi tórax vibra y la comunión entre las notas techo y mi cuerpo es casi perfecta. La melodía sintética me acaricia el cuello y me besa en los labios. Pocos chicos han conseguido excitarme así. La gente hipnotizada bajo el ritmo me zarandea y me dejo llevar por la ola de zombis embriagados hacia ningún lugar.

Ahora estamos a solas la música, yo y una dosis de éxtasis de nombre impronunciable. Se podría acabar el mundo que yo seguiría bailando. Mi cerebro contaminado no tiene lugar para otras sensaciones que no sea la de seguir disfrutando. No me acuerdo de mi padre, he olvidado la frustración y he dejado el miedo en el guardarropía por unos 2 euros.

Unas horas en el paraíso que se disipan a las 8:00 de la mañana. La luz del amanecer con una insolencia sin igual me despierta y me enseña el borde de mi abismo particular, que la negrura de la noche me ha ocultado por unos narcotizados minutos. Me duele la cabeza, la mandíbula y el orgullo. Imbécil de mí, ¿cuánto tiempo más pretendes seguir bailando a espaldas de tu vida?

Necesito un café, algo de comida y un “espidifén”. De momento.

 

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Gigamesh, Bailèn 8

La Memòria, Plaça de la Vil.la de Gràcia 19

Books Factory & Co, Secretari Coloma 33

Aula e Escritores, Carrer Sant Lluís 6

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El Pretérito Perfecto

Hermana Aurora

« —Uno, dos… ¡Empuja!»

El grito desgarrador de tu madre chocó contra las paredes blancas de aquella habitación, que no podré borrar nunca de mi memoria. Era un gemido de dolor. El alarido de una mujer que cree estar partiéndose en dos. Presioné con mi antebrazo su vientre, ayudándote a salir.

«― ¡No puedo más, no puedo más!»

«— Sí que puedes, aguanta un poco. Dos empujones más.»

Tu cabecita ensangrentada asomó tras la contracción que entumeció el abdomen de tu madre. Ella gemía como un mamífero y apretaba las mandíbulas. La cruz de madera vigilaba tu nacimiento. El cuerpo de cristo dibujado sobre el almanaque, colgaba también de la fría pared. Febrero de 1977 rezaba la hoja que estaba por arrancar. La noche fue larga y fría. La tímida mañana de invierno apenas iluminaba las esquinas de la estancia.

«―Uno, dos… ¡Empuja!»

Tu joven madre estaba tan asustada como sola. Alumbrar a su pequeña niña lejos de casa, sin un padre reconocido y a espaldas de su familia, no era fácil en aquellos tiempos. Incluso tuvo que abandonar semanas antes su trabajo. No halló la forma de ocultar su barriga ante los ojos mal pensados e intolerantes. Su cara está grabada en mi retina, pero no puedo recordar su nombre. Entonces, no nos importaba.

«—Faltan los hombros y ya casi está, tranquila. Un último esfuerzo.»

Mis manos ya estaban manchadas de sangre y a tu madre le resbalaban ríos de sudor y dolor por su rostro congestionado. Estiré suavemente de tu cuello, ayudada por la fuerza de una contracción. Tu cuerpecito carmesí salió finalmente, envuelto en aquel olor peculiar. Tu rostro arrugado y manchado concedió el primer llanto al sentir el frío de la habitación. Tu madre expiró un último lamento. Sentí su alivio en el ritmo de su respiración. Alargó sus brazos temblorosos hacia ti. El instinto de una madre queriendo acercar a su cría al pecho, la hizo incorporarse a pesar del dolor. Todavía no había expulsado la placenta. Corté el cordón y te separé de ella para siempre, mientras tú agitabas tus manitas violeta ante el vacío de tu nueva existencia, tan asustada y perdida como tu madre.

«―¡Dejádmela ver, por Dios!» gritó al sentir que te alejabas.

Todavía puedo oír el llanto de la joven sin nombre suplicándome. La escucho en las esquinas y tras las puertas de la enfermería. La percibo entre las cunas y las sábanas dobladas por estrenar. El negro azabache de sus ojos es el color de mis sombras y de mi anochecer infinito. La escucho a todas horas.

Te envolví en el engaño y en paños blancos, mientras la hermana Ángeles te esperaba en la sala de neonatos. Yo te saqué de aquella habitación. Puedo recordar todos mis pasos. A cada instante se repiten en mi noche eterna. Me imagino dando media vuelta y entregándote al regazo de tu verdad. Dejando que tu madre te limpiase los restos de sangre con sus manos y te acariciase mientras tú temblabas entre sus brazos. Ella sonreiría y tú reconocerías su olor y los latidos que te acompañaron nueve meses.

A ella le robé el futuro, pero a ti te robé el pasado.

Lo sigo recordando con nitidez: tres kilos y cuatrocientos gramos de pura vida.

Pero no eran sólo aquellas sucias pesetas, no. Jugábamos a ser Dios. En el nombre del señor obrábamos. Para él trabajábamos. Considerábamos que tu joven madre y tú no erais una familia. Que la nueva historia que se alumbraba ante nosotros, merecía crecer en el seno de una familia de verdad: católicos de bien deseosos de ser padres.

Jueces de lo divino en la tierra, con una biblia en la mano y un fajo de billetes en la otra.

Caridad cristiana, lo llamaba el Doctor Miralles.

Fingir tu fallecimiento ante aquella joven temerosa, no fue difícil. No era la primera vez que lo hacíamos. Nadie se preocupaba por el hijo bastardo de una muchacha de pueblo. Una pecadora ignorante, una cualquiera consumando antes del matrimonio. Mientras la gran cruz de madera a mis espaldas, contemplaba a la madre: dolorida, perdida, engañada.

Juraría que el viejo crucifijo supura sangre cada anochecer. Gotitas encarnadas manchando su inmaculada presencia.

Ahora sólo puedo vagar por los pasillos de este hospital, intentar mirarte a los ojos huérfanos y pedirte clemencia. Un perdón sordo que no llega a tus oídos. Nunca lo hará. Un lamento que me acompaña hasta los últimos días de la eternidad. Cortar el cordón umbilical cada noche y separarte de ella una y otra vez, me aleja de la luz blanca y cierra las puertas del cielo en el que creí.

Intento arrancar la hoja del calendario, pero cada mañana amanece un siete de Febrero de 1977.

Este es el castigo que el Dios en el que creo me ha dado. ¿O quizás me lo estoy dando yo?

Quisiera ayudarte, quisiera contarte la verdad, pero no es fácil. Estoy encerrada en un tiempo que no discurre. Una existencia en forma elipse. Sin principio. Sin fin. Te persigo, te vigilo y te veo nacer una y otra vez. Vagando en las tinieblas de mi pasado. Suspendida como una niebla insoportable en la planta de maternidad. Morando en las sombras de mi pretérita vida convertida en muerte. Ahogada en el crepúsculo de mi culpa.

Necesito que me perdones. Necesito perdonarme.

Difícil concesión, si ya estoy muerta.

180

Era la época en la que ir al cine no suponía elaborar un tratado 2 semanas antes para ver dónde narices colocabas a tus hijos.

La época donde los protagonistas de la pelis eran de carne y hueso. Nada de coches animados, trenzas kilométricas ni gatos de acento andaluz. Si decidías ir al cine esa noche, se iba y punto. Hecho completamente banal que empiezas a valorar justo cuando dejas de tenerlo.

Y aunque no somos unos “gafapasta” siempre nos ha gustado el cine poco comercial.

Preferimos un documental sobre el desarrollo del escarabajo pakistaní, antes que ver “X MAN, la requetevenganza”. Todo lo que olía a comedia romántica nos daba urticaria, pero nos tragábamos una hora y media de cine oriental contemplativo y subtitulado. (joder, qué duro es ser moderno)

Yo por aquel entonces gastaba 3 tallas más de pantalón y 2 más de sujetador. Un hinchazón abdominal fruto de un embarazo gemelar monocorial- biamniótico (en resumen, un bombo descomunal). Podías llevarme a casi cualquier sitio, siempre y cuando encontraras un lugar donde aparcarme y un aseo de señoras cerca.

La salas de cine se convirtieron en un lugar recurrente en esos, los últimos días de mi embarazo. El frescor del aire acondicionado me calmaba los sofocos y la circulación de mis piernas,  con venas hinchadas cual  rotuladores de un bingo.

Lo más raruno que pudimos encontrar en aquella pequeña sala de la calle” Floridablanca”, fue un LARGOmetraje (y remarco lo de largo, porque fue largo de cojones) de David Lynch.

Mi marido lo admira (o admiraba) por su surrealismo, contradicciones y rarezas. Él siempre ha sentido afinidad por las cosas que solamente se pueden explicar de un modo subjetivo y por seres peculiares, hecho que por otra parte me inquieta, pues la que suscribe estas líneas es su señora esposa, y algo raro debo tener.Fijo.

Poco le costó convencerme de que aquel film era el indicado. Con dos bolsas de palomitas XXL entre mis manos, soy fácil de persuadir.

Entré en la sala zampando como si no existiera el mañana, dejándome engañar a conciencia por aquella leyenda urbana que dice que las embarazadas debemos comer por dos. Yo tenía ventaja. Debía comer por tres y vivía envuelta en aquella mentira para deleite de mis sentidos.

La magia del cine me embargó cuando la sala que quedó completamente a oscuras. Relamí las puntas de mis dedos salados silenciosamente, mientras las primeras escenas taladraban mis pupilas, abiertas a todo. Creo que la primera hora, transcurrió de un modo habitual, aceptando de manera natural toda la información que iba recibiendo y esperando (inocente de mí) poder enlazarla minutos más tarde.

Pero pasaban los minutos. Demasiados.

Aquellas imágenes inconexas se me antojaron pasajes de alguna pesadilla vivida.

Pasaban los minutos.

No encontraba conexión y la atmósfera era asfixiante.

Pasaban los minutos.

Si el director quiso trasladar la angustia a la sala, lo consiguió.

Pasaban los minutos.

Giré la cabeza de un lado a otro, buscando cómplices a los que mostrar una mueca arrugando mi nariz, pero estaba oscuro.

Pasaban los minutos.

Empecé a pensar que en aquella sala se había doblegado el contínuo espacio/tiempo y regresaba al pasado cada media hora.

Pasaban los minutos.

Dudé su había gestado una semana mas allí dentro y si salía ya de cuentas.

Pasaban los minutos.

Le salieron pinchos a mi butaca ¡Yo que había visto pelis de Greenaway sin pestañear!

Pasaban los minutos

Pero una luz al final del túnel se abrió, como aquella luz de paz que te acompaña en tu camino hacia el más allá: era la luz de la sala, medio siglo después.

Creo que mi primera contracción vino cuando el tipo de atrás juraba a su novia que él lo había entendido todo.

De la primera fila llegaron susurros «nunca mais, nunca mais».

Me puse de pie intentando llegar al pasillo, metiendo la barriga entre la gente, de igual forma que metes el morro de tu coche en una rotonda.

Escapé de aquella sala, donde el tiempo medido por los humanos hace millones de años, perdió todo el sentido.

Algo tuvo que ver mi omisión sobre el dato más importante.

Mi prominencia abdominal me ocultó la información que se escondía en las últimas líneas del díptico informativo. Aquel papelucho que solo leían los intelectuales de verdad y que yo hojeaba en diagonal.

180 minutos… ¡¡180 minutos!! Quizás no demasiado para una persona, pero media vida para algún insecto, y más aun si el insecto desconoce el dato.

Y aquí estoy ahora, pisando una sala de cine cada 12 meses y recordando con melancolía aquellas sesiones infinitas con directores de nombres impronunciables. Ojeando los títulos de las maxi-salas y buscando algo lo suficientemente comercial, que me conmueva rápido-bonito-fácil, gracias.

A mi pesar, ya no tengo tanto tiempo para perder a mi antojo.

FLIGHT DELAY

Érase una vez, en un país muy lejano…
Así empezaban los cuentos que arrullaban mis sueños cuando podía contar mis años con los dedos de las manos. Irrumpían descaradamente en mi inocencia, alumbrada bajo la bombilla de 60 vatios de mi antigua habitación.
Cabalgaba a lomos de un cuento hacia lugares donde podías soñar sin necesidad de cerrar los ojos. Aferrado con fuerza a la colcha de estampado infantil porque volar, a veces, daba vértigo.
Adivinar que cuando 100 personas cierran la puerta de la nevera a la vez, nace una flor azul en las montañas nevadas. Y descubrir que si un niño llora al perder su muñeco favorito una hormiga aprende a ponerse de pie.
Aprendí el lenguaje de los semáforos que utilizan los seres que viven bajo el asfalto para comunicarse con sus vecinos de las calles cercanas, habitantes del subsuelo también.
Pero poco a poco, las parábolas increíbles que se producían de forma tan natural como nuestra capacidad para creerlas, se diluyen en los años .Un bofetón de realidad adolescente golpeó mi rostro con acné. Los calcetines con cochecitos rojos y los caballeros de espadas de papel se quedaron en el fondo del cajón.
Olvidar 20 historias en un mes y sonrojarme al ver un semáforo cambiar de color costó muy poco. Los rincones de mi memoria habitados hasta ahora por todos aquellos cuentos fueron desahuciados. Química, Latín y la rubia de 2º de BUP ocuparon con “K” esos espacios.
Algunas veces, solo algunas, me acordaba del ladrón de calcetines cada vez que desaparecía alguno en mi armario. Aquel ser infame que robaba las prendas para un día atacarnos con una bola inmensa de millones de calcetines perdidos. Una bola gigante rodando por la calle Balmes, acabando con todo y dejando un rastro oloroso sólo comparable al de un centenar de pies después de una maratón. Se pintaba entonces una leve sonrisa, mezcla de nostalgia y vergüenza por haber creído todo aquello.
Pasaron más años, muchos. Se borraron por completo todas esas historias y cuando un cuento se olvida es como si jamás hubiera sido contado.
Y esperando en esta triste terminal del aeropuerto tecleo en mi ordenador portátil. Alzo la vista por encima de mi pantalla y otros cinco tipos cortados por el mismo patrón hacen lo mismo: llevamos un traje, una corbata, y unos buenos zapatos. Tenemos un buen sueldo a fin de mes y viajamos más de lo que nos gustaría. No tomamos decisiones arriesgadas y los balances y los porcentajes son nuestra religión. No hay espacio para la intuición. No cabe tampoco la imaginación si la suma de ambas no da un importe exacto previamente calculado.
Tengo lo que había soñado y por lo que he luchado.
Pero si el enano que se agarraba al edredón y creía en los ratones que cambiaban dientes por pesetas me viera ahora, pensaría que soy un tipo gris. Gris y aburrido.
Te he vendido. Te he traicionado.
Quiero pedirte perdón. Quiero que sepas que te buscaré de nuevo. Quiero recuperar parte de aquella locura, para seguir manteniendo esta cordura. Quiero que conozcas al hijo que está en camino y que juntos podáis compartir lo que yo ya no soy capaz de imaginar.
Prometo inventar, mentir, crear y contar todo lo que suponga un viaje para mi hijo en el que los adultos ya no tenemos billete.
Mientras, el maldito vuelo Iberia 1685 sigue con retraso y los pingüinos con traje seguimos hundidos en el diario versión digital.
Pero de repente, cambia el rostro de los ejecutivos. En su escueto catálogo de expresiones aparece el de la sorpresa. Sus ojos se abren y sus frentes despejadas se arrugan.
Todos nuestros portátiles se abren y se cierran solos. Lo hacen de forma rítmica y simultánea. El señor de mi derecha ha sido mordido por la tapa al intentar apagarlo. Cada vez lo hacen con más rapidez, como el batir de unas alas. Se elevan poco a poco sobre nuestras narices y emiten sonidos de aves. Todos los portátiles sobrevuelan sobre nuestras cabezas y algunos pasajeros están a punto de partirse el cuello mirando hacia arriba. Empiezan a revolotear en forma circular sobre la puerta de embarque.
No paran de graznar y dejan caer letras de imprenta sobre nuestros trajes y el suelo de la terminal. Un “arroba” ha caído en la calva del ejecutivo más mayor como una cagada de gaviota, mientras la azafata de iberia intenta borrarlo con su pañuelo de motivos corporativos. El caos se apodera de la puerta de embarque 23 y una Tablet, que no tiene alas, planea con estilo entre los vuelos hábiles de los laptops.
Un señor se ha quitado la americana y la va a emplear como una red. Se acerca sigilosamente al ordenador que reposa sobre su equipaje de cabina mientras mueve sus alas negras suavemente, con el dibujo de la manzana mordida.
Y esquivando el vuelo agresivo de un ordenador, bajo la vista y me encuentro de nuevo con mi portátil sobre las
rodillas y con estas letras.
Creo que has vuelto. Sí. Es posible que andes cerca, mocoso.

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El Principio del FIN

EL PRINCIPIO DEL FIN

DIEZ: Las perchas danzan violentamente suspendidas en la barra del armario sueco mientras yo rescato mi ropa. De la misma manera que intento rescatar mi dignidad.

NUEVE: En la pantalla de mi móvil parpadea tu nombre y sus iniciales retumban en mi cabeza.

OCHO: Con tu mano derecha golpeas el volante de tu coche y con la izquierda marcas mi número con tus dedos hábiles y acostumbrados a él.

SIETE: El rojo del semáforo parece burlarse de ti y aceleras cuando éste decide cambiar de color. Crees que así dejarás la culpa atrás, pero es rápida y te alcanza en la curva que tomas peligrosamente.

SEIS: Intento cerrar la maleta con los restos de lo que fue nuestra vida en común. Sabiendo que dejo mucho más que objetos entre estas paredes.

CINCO: Me doy prisa. No quiero verte en la puerta bloqueando la salida con tus brazos y anulando mi voluntad con tus ojos, que se vuelve líquida y se derrama por el suelo cada vez que me pides perdón.

CUATRO: El nudo de tu corbata te ahoga y el peso de la conciencia te oprime. Intentas debilitarlo inútilmente y tus golpes sordos sobre el volante te anuncian el principio del FIN.

TRES: Te dejo algunos libros en el salón, la cubertería en la cocina y un precipicio en el lado izquierdo de la cama. Que cuando el recuerdo no te deje dormir, percibas su profundidad y sientas el abismo a tu lado. Yo no he sido capaz de acostumbrarme al vértigo que produce tu ausencia.

DOS: Me llevo algunos recuerdos y el viejo mapa de tu cuerpo, maldiciendo las muchas sendas que me quedaron por explorar. Me llevo la comisura de tus labios cuando sonríes y el aire templado de nuestra primavera que quedó lejos, muy lejos.

UNO: Unas calles te separan de nuestra casa, pero has podido oír mi portazo. Sabes que ha sido fuerte, valiente y definitivo. He cerrado la puerta con el peso de nuestros años compartidos. No sigas corriendo. Sabes que llegas tarde. Muy tarde.

CERO.

Nymeria.

La Orquesta Maravillas

LA ORQUESTA MARAVILLAS

Sucedió en uno de aquellos veranos de mediados de los ochenta. Aquellos veranos que sabían a Frigo-pié en las tardes calurosas mientras tus padres dormían la siesta acunados por la melodía de “El coche fantástico”. Aquellos veranos añejos, de noches frías y rebecas de lana.
El aire fresco se deslizaba por los montes de piedra, en la falda de los Picos de Europa. El valle verde, escenario de mis recuerdos infantiles, albergaba pasmado los cambios que llegaban desde la capital. Mi abuelo paseaba por la calle todavía con su “cachaba”, mientras los hijos de sus vecinos, colgaban cruces de sus lóbulos y pinchaban sus chalecos de cuero con chapas de colores.
El tiempo se congeló hacía un par de décadas y solo aquellos días de verano, se apreciaba lo que se cocía en el resto del convulso país.
Yo corría sola por las calles y los adultos tomaban copas de vino y chatos de cerveza.
Mi premio por aguantar una hora de chapa en la iglesia, patrocinada por el cura del pueblo, se materializaba en un vasito de mosto sin alcohol, entretanto, cientos de cigarros humeantes nos rodeaban a mi prima y a mí en uno de los tres bares del pueblo.
El final del agosto se aproximaba y las fiestas no habían hecho más que empezar. El número de habitantes se triplicaba y los hijos de los hijos regresaban a su origen por unos días.
Todo ocurrió la segunda noche de los festejos. Un sábado de agosto de 1986.
La Orquesta Maravillas, amenizaba la noche y la cantante susurraba una balada de los “Hombres G”, mientras mi prima y yo correteábamos entre las parejas abrazadas al son de la melodía.
En nuestras bocas explotaban los peta-zeta y se escapaban disparados entre los agujeros de nuestro dientes a medio hacer.
Las estrellas brillaban como nunca en el valle y los petardos resonaban en los muros de piedra milenarios.
Nos apartamos de la verbena, hacia el camino de la fuente.
La luz de la luna brillaba y pudimos adivinar en el camino como nuestra prima mayor se besaba con aquel guaperas de Bilbao. El mozo le metía la mano por debajo de la minifalda ajustada y ella se la apartaba disimuladamente. En sus rizos llenos de laca se reflejaban los rayos de la luna y su cabeza titubeaba de un lado a otro, mientras enroscaban sus lenguas. Aquello nos pareció vomitivo y Silvia tiró el último petardo que me quedaba en el bolsillo de mi pantalón de pana.
Los dos botaron del susto y el grito agudo de mi prima mayor, hizo salir de detrás de un banco de piedra a unos mocosos que fumaban por primera vez.
Salimos corriendo despavoridas, muertas de la risa y dejando detrás los insultos de mi prima Gloria y las carcajadas del vasco.
Corrimos hasta la puerta del pequeño hostal y nos reclinamos en alféizar de las ventanas laterales, lejos de la vista de los demás.
La Orquesta Maravillas no era más que un rumor lejano y nosotras nos vanagloriábamos de nuestras maldades.
Saqué los dos últimos chicles de mi maltrecho bolsillo infantil. Mascábamos como dos vaqueros duros del Oeste y dibujábamos letras con un palo en el suelo, ya completamente iluminado por esa luna inmensa y nuestros ojos acostumbrados a la penumbra.
Unos pasos en la gravilla del camino a medio asfaltar, resonaron entre las notas difuminadas de una canción de Mecano.
Nuestro reflejo, fue escondernos tras un chopo de diámetro desconcertante. Podría ser mi prima enfurecida, o mis padres que llegaban ya para dormir esa noche allí.
Esos días estábamos todos en el pueblo, y las pequeñas casitas construidas para los trabajadores de la minería, no era suficiente para albergar a los López-López al completo.
La vieja Carmina, dueña de la posada, era como de la familia. La verdad que todo el pueblo era como de la familia. Las beatas me paraban por la calle y me decían – ¿Tú eres la pequeña de Luis? ¿El mayor de Adoración?- Y repasaban mi árbol genealógico aquellas señoras que yo jamás había visto en mi vida.

Pero no. No era ninguno de ellos.

Era el hijo del manco, raro apodo para alguien a quien no le falta una mano, si no una oreja.
Andaba desgarbado y estaba muy delgado. A mí me parecía una mantis religiosa con ropa de cuero y cresta engominada. Se comentaban mil historias sobre la familia del manco. Su hijo, uno de los primeros jóvenes en caer en las redes de la heroína, cuando aún no se conocían sus efectos devastadores. El propio manco, un loco viudo hacía años, que dejó de visitar la iglesia desde entonces.
Por supuesto no osamos movernos de nuestro escondrijo y nos asombramos cuando vimos al joven llamar a la vieja puerta del hostal. Su imagen desapareció detrás de la pared cubierta de hiedra cuando Carmina, como es obvio, le abrió la puerta. Era un chico del pueblo, casi de la familia.
Giramos nuestra vista hacia la fiesta y decidimos volver. Mi prima Silvia repasaba la rumorología entorno a la extraña familia. El aburrimiento de las viejas del pueblo enredaron las escabrosas historias con todo lujo de detalles y yo arqueaba los ojos con el asombro de una niña pequeña.

La noche finalizó y en la plaza solo quedaban restos de botellas, serpentinas de colores y un ligero olor a orín.
Los rayos de sol, como puñales de calor en agosto, atravesaban los huecos de los picos montañosos.
Mi padre, con resaca pero madrugador, ojeaba el Diario de León en el bar con el mismo nombre que el rotativo.
Carmina era adorable, pero el café de puchero de su hostal dejaba mucho que desear.

Cuando el expresso quemó los labios de mi padre vislumbró el apartado de sucesos.
Tembló y unas gotas de café mojaron la noticia.
La mancha oscura se deslizó silenciosamente, atrapando poco a poco las letras de imprenta en el periódico provincial.
El hijo del manco había atracado a un tendero de un colmado en León. En la contienda, el tendero había sido herido de arma blanca. El propietario de las iniciales J.O se encontraba todavía en estado grave. Era ya el tercer atraco cometido, en pleno síndrome de abstinencia.
Mi madre se desperezaba en el hostal decidida a darse una ducha reparadora.
La última vez que vieron al presunto agresor, fue en la estación de autobuses, comprando un billete para el coche de línea, único medio de transporte hacia su pueblo natal. El pequeño pueblo en las alturas. Mi padre repasaba las líneas con los ojos muy abiertos y el corazón muy cerrado.
Mientras, mi madre golpeaba con fuerza la puerta de uno de los baños, intentando mover aquello que bloqueaba la vieja puerta de madera.
Mi padre releía la noticia y llamaba al hombre que se encontraba detrás de la barra, casi de la familia. Se llevaban las manos a la cabeza y giraban las páginas delante y atrás como si en el reverso encontraran una respuesta.
Mi madre, con un último empujón, movió la pesada pierna de Carmina, inerte en el suelo. La palidez de su piel arrugada contrastaba con el charco de sangre roja y morada que cubría las baldosas del baño.
La mujer, tumbada en el suelo. Su cartera, abierta a su lado, dejaba escapar pequeñas pesetas que nadaban en sangre.
Un grito estremeció el pueblo donde nunca ocurría nada.
Y un café, como una mancha de petróleo en el océano, se derramó completamente en la hoja temblorosa tras el grito que despertó a los montes de su letargo.

Como la canción de Mecano que no paró de sonar el verano del 86
Cruz de navajas.
Cruz de navajas, sobre Carmina.

Mientras la mantis religiosa de negro entraba en el Hostal, pude oír parte de su estribillo, cantada por la Orquesta Maravillas aquella noche de verano:

Cruz de navajas por una mujer, brillos mortales despuntan al alba, sangres que tiñen de malva el amanecer”

verbe