180

Era la época en la que ir al cine no suponía elaborar un tratado 2 semanas antes para ver dónde narices colocabas a tus hijos.

La época donde los protagonistas de la pelis eran de carne y hueso. Nada de coches animados, trenzas kilométricas ni gatos de acento andaluz. Si decidías ir al cine esa noche, se iba y punto. Hecho completamente banal que empiezas a valorar justo cuando dejas de tenerlo.

Y aunque no somos unos “gafapasta” siempre nos ha gustado el cine poco comercial.

Preferimos un documental sobre el desarrollo del escarabajo pakistaní, antes que ver “X MAN, la requetevenganza”. Todo lo que olía a comedia romántica nos daba urticaria, pero nos tragábamos una hora y media de cine oriental contemplativo y subtitulado. (joder, qué duro es ser moderno)

Yo por aquel entonces gastaba 3 tallas más de pantalón y 2 más de sujetador. Un hinchazón abdominal fruto de un embarazo gemelar monocorial- biamniótico (en resumen, un bombo descomunal). Podías llevarme a casi cualquier sitio, siempre y cuando encontraras un lugar donde aparcarme y un aseo de señoras cerca.

La salas de cine se convirtieron en un lugar recurrente en esos, los últimos días de mi embarazo. El frescor del aire acondicionado me calmaba los sofocos y la circulación de mis piernas,  con venas hinchadas cual  rotuladores de un bingo.

Lo más raruno que pudimos encontrar en aquella pequeña sala de la calle” Floridablanca”, fue un LARGOmetraje (y remarco lo de largo, porque fue largo de cojones) de David Lynch.

Mi marido lo admira (o admiraba) por su surrealismo, contradicciones y rarezas. Él siempre ha sentido afinidad por las cosas que solamente se pueden explicar de un modo subjetivo y por seres peculiares, hecho que por otra parte me inquieta, pues la que suscribe estas líneas es su señora esposa, y algo raro debo tener.Fijo.

Poco le costó convencerme de que aquel film era el indicado. Con dos bolsas de palomitas XXL entre mis manos, soy fácil de persuadir.

Entré en la sala zampando como si no existiera el mañana, dejándome engañar a conciencia por aquella leyenda urbana que dice que las embarazadas debemos comer por dos. Yo tenía ventaja. Debía comer por tres y vivía envuelta en aquella mentira para deleite de mis sentidos.

La magia del cine me embargó cuando la sala que quedó completamente a oscuras. Relamí las puntas de mis dedos salados silenciosamente, mientras las primeras escenas taladraban mis pupilas, abiertas a todo. Creo que la primera hora, transcurrió de un modo habitual, aceptando de manera natural toda la información que iba recibiendo y esperando (inocente de mí) poder enlazarla minutos más tarde.

Pero pasaban los minutos. Demasiados.

Aquellas imágenes inconexas se me antojaron pasajes de alguna pesadilla vivida.

Pasaban los minutos.

No encontraba conexión y la atmósfera era asfixiante.

Pasaban los minutos.

Si el director quiso trasladar la angustia a la sala, lo consiguió.

Pasaban los minutos.

Giré la cabeza de un lado a otro, buscando cómplices a los que mostrar una mueca arrugando mi nariz, pero estaba oscuro.

Pasaban los minutos.

Empecé a pensar que en aquella sala se había doblegado el contínuo espacio/tiempo y regresaba al pasado cada media hora.

Pasaban los minutos.

Dudé su había gestado una semana mas allí dentro y si salía ya de cuentas.

Pasaban los minutos.

Le salieron pinchos a mi butaca ¡Yo que había visto pelis de Greenaway sin pestañear!

Pasaban los minutos

Pero una luz al final del túnel se abrió, como aquella luz de paz que te acompaña en tu camino hacia el más allá: era la luz de la sala, medio siglo después.

Creo que mi primera contracción vino cuando el tipo de atrás juraba a su novia que él lo había entendido todo.

De la primera fila llegaron susurros «nunca mais, nunca mais».

Me puse de pie intentando llegar al pasillo, metiendo la barriga entre la gente, de igual forma que metes el morro de tu coche en una rotonda.

Escapé de aquella sala, donde el tiempo medido por los humanos hace millones de años, perdió todo el sentido.

Algo tuvo que ver mi omisión sobre el dato más importante.

Mi prominencia abdominal me ocultó la información que se escondía en las últimas líneas del díptico informativo. Aquel papelucho que solo leían los intelectuales de verdad y que yo hojeaba en diagonal.

180 minutos… ¡¡180 minutos!! Quizás no demasiado para una persona, pero media vida para algún insecto, y más aun si el insecto desconoce el dato.

Y aquí estoy ahora, pisando una sala de cine cada 12 meses y recordando con melancolía aquellas sesiones infinitas con directores de nombres impronunciables. Ojeando los títulos de las maxi-salas y buscando algo lo suficientemente comercial, que me conmueva rápido-bonito-fácil, gracias.

A mi pesar, ya no tengo tanto tiempo para perder a mi antojo.

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