Manual para convertirte en una “loca del coño”

La mente de un (casi) escritor es un lugar peligroso. Una olla exprés. Una bomba de relojería― ¿Cable rojo, cable azul?―Un tsunami de ideas que arrastra y destruye una cuidad hecha de antiguas creaciones hasta ahora, perfectas. La escaleta se derrumba cual castillo de naipes en cuyo dorsal no hay picas ni corazones, sino personajes, diálogos, historias.

Un mal vicio. Un trastorno obsesivo compulsivo (¡TOC, TOC!) que no te deja ver una peli sin relacionar la trama con la historia que tú estás escribiendo. Una nube que te envuelve mientras escuchas las batallitas de tus amigos e intentas colarlas en el último capítulo que no te sale ni a tiros…

«¿Me entiendes lo que te digo, Pati? ― Sí, sí… te entiendo»

Pero la verdad es que me he ido a la España rural de los 80 y me he inventado una historia con la que empezar una nueva novela mientras me explicabas los festejos de tu pueblo cuando eras pequeño.

Un tipo de aspecto desaliñado con una bolsa de forma extraña en el bus, es un caramelito para mi cabeza: «Juan debía huir de aquella ciudad. Robó el libro con el conjuro y los cánticos con los que invocar a Lucifer. Había sido perseguido por aquella secta satánica disfrazada de comunidad cristiana, pero había conseguido escapar. El cansancio hacía mella en su cuerpo y sobre todo en su mente perturbada. Tenía un aspecto ruinoso. Dejó aparcado su coche de gama alta y cogió el autobús para despistar a los fanáticos.»

Estoy preparando la cena y escribo mentalmente el diálogo de la protagonista. Espero a mis hijas en la puerta de sus extraescolares e imagino un romance entre un padre y la profesora de inglés ―genial para un relato corto―Saco el segundo café de la mañana en la máquina dispensadora y pienso en el título del próximo capítulo….¡¡En cuanto llegue a casa lo escribo todo, lo escribo TODO!!

…En cuanto llegue a casa después de recoger a mis hijos, después de revisar sus agendas ¿deberes otra vez? Después de la lavadora, después de separar a las gemelas antes de que se maten, después de cambiar pañales de enano (un par de veces), después de preparar la cena del susodicho, después de preparar la otra cena para el resto de la familia (el tupper, que no se me olvide el tupper), después de limpiar la cocina cual taberna de vikingos, después de echar un vistazo a twitter y a un par de Blogs―¡qué bien escribe la gente!―después de un… ¡Joder, ya son las once!

«Uff… estoy muerta. Mejor lo escribo mañana»

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