Terapia de grupo (o cuento anti-navideño)

La nieve escharchada cruje bajo mis pasos lentos. El sonido irritante atraviesa el grueso gorro de lana, taladra mis oídos y llega hasta mi espinazo, erizado ya por el frío de la tarde. Los copos se mecen ante mí con un vaivén despistado instantes antes de tocar el blanco manto. Algunos se posan en mis mejillas, hartas de su presencia. Al final del paseo se divisa el alumbrado navideño del Centro Social: luces histéricas parpadean sin cesar, capaces de provocar un ataque epiléptico a quien las observa más de lo recomendable. La gente pasea cargada con bolsas de cosas inútiles que regalar a gente a la que ni siquiera desea regalar nada.

Un sonido oxidado sale de la tienda de camisas. Quizá debió ser hace años una cinta con villancicos. Mientras, un tipo con traje de Papá Noel y barba falsa hace sonar una campana.

«¡Feliz Navidad!» grita el preso en tercer grado disfrazado de rojo.

La sensación de vivir dentro de una psicosis social extendida me abruma y hace que acelere el paso hacia mi sesión de terapia mensual. En estas fechas es cuando la necesito más que nunca. Mi mano dentro del bolsillo aprieta con fuerza la ficha con el número 4. Número de Navidades que llevo superadas. Limpio. Indemne.

Solo puedo relajar mi rictus una vez dentro de la sala. El grupo de terapia empieza a llegar y chirrían las sillas cuando las colocamos en círculo frente a nuestro terapeuta. El psicólogo nos saluda amablemente y se sienta cruzando sus largas piernas. Tiene aspecto de insecto palo y cada vez que se arremanga el jersey de cuello alto se le ven los parches de nicotina en el antebrazo.

―Buenas tardes, compañeros― repite con su acento porteño para que algunos dejen de hablar―. Agradezco a todos ustedes su asistencia en estas fechas tan complicadas para el grupo. Gran parte del trabajo realizado durante el año debe aplicarse ahora. Hemos trabajado duro para ello y sé que ustedes lo pueden lograr. Quiero también dar la bienvenida a los nuevos integrantes. Espero que puedan compartir con ellos las experiencias vividas durante la terapia y que sientan pronto que forman parte de esta familia. La familia de afectados por la Navidad. ¿Alguien desea empezar?

Una chica nueva alza tímidamente la mano. Lleva una melena rubia alisada a golpe de plancha y el uniforme de un conocido centro comercial. La placa de plástico con su nombre grabado cuelga torcida de su camisa horriblemente estampada. El moderador estira el brazo hacia la nueva candidata y extiende la mano otorgando la palabra a la chica.

—Hola a todos. Me llamo Mariluz— dice pasados unos segundos y mirando a sus zapatos.

—¡Hola, Mariluz!— contesta el grupo al unísono.—Yo…bueno…mi problema es que… mi problema…mi pro…

La joven se derrumba antes de terminar la frase. Ricardo, el psicólogo argentino, alarga la caja de kleenex que va pasando de mano en mano hasta llegar a la dependienta.

—Tómate tu tiempo. Estamos aquí para ayudarte. Tranquila—manifiesta el moderador sin inmutarse. Mariluz, después de sonarse los mocos de forma escandalosa y limpiarse parte del rímel repartido por su cara, prosigue:

—Mi problema… Pues imagino que el mismo de todos. La navidad ¡LA PUTA NAVIDAD!—Todos los asistentes dan un respingo en la silla tras el brusco cambio de tono—.  Maldita época. La sección de perfumería es el averno. El hilo musical del centro comercial es una tortura y las señoras se vuelven locas. ¡Locas! —. Mariluz está visiblemente afectada y gesticula en cada uno de sus reproches. —Tengo las muñecas en sangre viva de probar perfumes y el olfato atrofiado. No soporto a las chonis que vienen a pintarse con mis muestrarios y me duelen los dedos de envolver paquetes. Los hombres me preguntan qué regalar a sus mujeres y las suegras qué color de labios le sienta bien a sus nueras ¿Y yo qué coño sé, señora? He visto a abuelas pelearse por un pack regalo de colonia de Shakira. Pero el día de nochebuena es el peor. La gente corre por los pasillos y me gritan «¡Señorita Mariluz, señorita Mariluz!» Solo quiero encerrarme en los cambiadores y llorar, aterrada por la marea de zombis con sus tarjetas VISA en la mano. No sé sin son las luces de la entrada, los villancicos, el muérdago de plástico… no sé. Solo sé que mi integridad se pone en peligro justo cuando empiezan a decorar los almacenes con esos ridículos renos de poliespán.

La cara de Mariluz es un poema. Le brillan los mocos bajo su bonita nariz y las mejillas están cubiertas por su máscara de pestanas. Sigue limpiándose mientras Ricardo se levanta para golpear suavemente su espalda y alabar su valentía. Pasan unos instantes hasta que un nuevo miembro se decide a intervenir. Los suspiros de Mariluz siguen sonando en la sala.

—Hola a todos, soy Jonathan.

—¡Hola, Jonathan! — saluda el grupo efusivamente.

—Yo también soy un damnificado de esta horrible festividad. Mi vida personal y profesional ha sido totalmente destruida.

—Cuéntanos, compañero. Estamos aquí para escucharte y comprenderte — apunta Ricardo.

—Vivo en el ojo del huracán. En la fábrica de pesadillas. En la factoría de la vergüenza ajena y el cementerio de la originalidad…soy, soy…—. El hombre de aspecto cansado apoya sus codos en las rodillas y agacha su cabeza.

—Ánimo, compañero. No tengas miedo — dice el terapeuta.

—Soy…soy…guionista de pelis navideñas.

Un murmullo generalizado ha explotado en la sala. El paje de Melchor ha decidido abandonar la reunión, indignado. Las figuritas del Belén se llevan las manos a la cabeza y el pavo de Navidad empieza a soltar relleno por el culo, atacado de los nervios.

— Tranquilos, tranquilos. —El terapeuta se levanta y llama a la calma general. El guionista todavía no ha levantado la cabeza—. Buscar culpables no es la solución. Sigue, Jonathan. Pido un poco respeto al compañero. —Y da unas palmaditas como si de un profesor de instituto se tratara.

— Vivo en un bucle argumental. Las escenas siempre son las mismas. Los finales son idénticos y las bandas sonoras son una basura. Sueño con el espíritu de la navidad pasada y he cogido alergia a la nieve artificial.

El pobre guionista empieza a sollozar. La compasión se adueña de la sala y hasta el ayudante de Santa Claus se ha levantado a tocar su hombro. Parece que todos han comprendido el infierno por el que también ha pasado el muchacho. Yo no quiero ser menos y me decido a compartir mi dura experiencia personal con el novato.

—Hola, Jonathan. No te preocupes. Todos los que estamos aquí sabemos lo dura que puede ser la Navidad. Aquí donde me ves, estaba peor que tú. —Y levanto mi corto brazo enseñando orgulloso mi placa con el número 4. Jonathan abre los ojos, admirado. —Mi vida antes de encontrar este grupo y empezar el tratamiento fue realmente dura.

Veo como los asistentes toman asiento y se interesan por mi historia, aunque no es nueva para muchos de ellos.

— Me costó aceptar que el amor de mi familia era temporal. Solo se preocupaban por mi bienestar días antes de navidad y me desechaban en el más despiadado olvido durante el resto del año. Me daban calor, amor, cariño, alimento, pero solo durante estos malditos días. Poco a poco descubrí que solo les interesaba mi tránsito intestinal. Me empujaban a la bulimia sin más y me obligaban cruelmente a comer cuando yo ya estaba saciado. Empecé a sentir miedo hacia aquellos seres que consideraba mi familia. Pero el pánico se apoderó de mí la noche de Navidad. Poco a poco, mi familia, empezó a rodearme. Llevaban palos y bastones en las manos y los niños parecían poseídos por un extraño demonio. Empezaron a golpearme sin motivo alguno mientras entonaban cánticos que a mis oídos llegaban como ritos satánicos. —Los ojos de Mariluz y Jonathan se abrían atemorizados—. El dolor de los duros golpes quedó en nada cuando tuve que cagar una bicicleta. Sabe Dios que no existe mayor dolor. Pero no acabó ahí, no. La avaricia de aquellos monstruos hizo alargar mi agonía hasta la extenuación: un móvil, un jersey de punto, un pijama para mamá, un libro de Paulo Coelho (eso fue lo peor, sin duda). Cuando acabó aquella especie de aquelarre, abrieron el trastero y me dejaron allí, al lado de la cinta de correr y la batidora multiusos que anunciaban en la Teletienda…Abandonado. Dolorido. Solo. Pero aquí estoy. Luchando una Navidad más.

El silencio reina ahora en la sala. Solo el sonido de la silla de Ricardo irrumpe en nuestro pesar general. Se agacha hacia mí y me entrega algo que hace volcar mi corazón de madera: la placa con el número 5.

—Enhorabuena por tu quinta Navidad, Tió — sentencia mi terapeuta.

 

navidad

 

 

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15/01/16 : Crónica de una tarde especial

«¿Nerviosa?»

Puede que sea la palabra que más veces escuché durante las 48 horas anteriores a la presentación. Sabiendo que soy un saco de nervios devora-uñas, mis allegados se preocupaban por mi estado emocional que, contra todo pronóstico, parecía el de una persona mentalmente estable y normal. De hecho, cuanto más se acercaba el momento, más tranquila me encontraba. Imagino que ir hasta las trancas de antigripales e ibuprofeno ayudó en algo…Pero no miento si os digo que yo misma me asombré de lo relajada que estaba antes, durante y después de la tarde que pienso recordar durante muchos años.

Ana (mi capitAna) llegó con las cajas llenas de libros. Fue un subidón verlos allí ya que todavía no había tenido ninguno en las manos. ―Estoy buscando una palabra bonita para describir la sensación que sentí pero solo encuentro una: ACOJONANTE ―Disculpen las molestias.

Y entre beso por aquí y abrazo por allá, la sala se llenó de caras amigas. Lluc, director del “Aula de Escritores” y Ana, la editora, empezaron con una maravillosa introducción que rápidamente captó la atención de los presentes. Un masajito a la autora que agradezco profundamente y del que no sé si soy merecedora 🙂 . Ahora todo estaba listo. Solo faltaba seguir el guion básico, al que recurrí de forma intermitente. Hasta me permití el lujo de hacer un par de chistes absurdos, tal y como hago cuanto estoy rodeada de gente con la que me siento a gusto.

Así que solo me queda dar las gracias a todos y a cada uno de los me acompañaron, me mandaron mensajes, interactuaron en las redes y sobre todo, al grupo “Aula de Escritores” y a los compañeros que me animaron a seguir escribiendo.

¡Hasta muy pronto!