La esclavitud sigilosa y otras depresiones postvacacionales

Sí, lo sé. Nada nuevo bajo el sol. Hablar de depresión postvacacional a finales de agosto es “mainstream”.  Cada año la misma mierda y la misma crisis existencial-espiritual- dame veneno que quiero morir.

¡PROBLEMITAS DEL PRIMER MUNDO!

Igual que la desazón que te entra días antes de ponerte el ansiado traje de baño “¡Oh, Dios! Si tengo el cuerpo  lleno de pelitos que durante el invierno no hacían ningún mal” a “¡Oh, Dios! Cómo voy a soportar once meses y una semana otra vez”.

Ya lo decía el gran Rubianes: deberíamos colgar de los huevos a un ventilador al que inventó esta estructura social. Inviable, insufrible e incompatible con la vida familiar (pero eso es harina de otro costal)

Por el supermercado andaba yo (maruja facts) cuando la imagen de los carros de la compra en la entrada me han dado un bofetón tan metafórico como la imagen de los mismos: en fila, encadenados y numerados.  Se parecían tanto a los que hacíamos cola. “¡Señorita Reme, acuda a caja!”.  Los pitidos  intermitentes cada vez que la cajera pasaba un código de barras por el lector, parecían constantes vitales de un enfermo terminal.

Pero nosotros somos mucho más sofisticados que los carros, sí señor. Nuestras cadenas (invisibles) no se sueltan con un eurito por la ranura. Hipoteca a treinta años, contrato laboral, cuenta bancaria, aquel préstamo maldito, la línea del móvil (Internet, no puedo vivir sin Internet), la visita trimestral al terapeuta,…

Pequeñas cadenitas , cerrojos y argollas de las que si un día decides zafarte te será  muy,  pero que muy difícil. ¡Qué bonita la moto que hemos comprado, joder!  Somos como pequeños componente vivos en una cadena de montaje enorme (en un turno de noche con lo peor de Rubí, guiño, guiño), manejados por manos ajenas.

La cinta del bufete libre en el restaurante chino dando vueltas con la misma comida. Siempre.

O saltas de la cinta ¡ya no juego! y montas un huerto de repollos rojos en Katmandú o aceptas las normas  y te abasteces no solo de consumibles si no de micro momentos de felicidad. Así pues:

-besa a tus hijos.

-termina la segunda novela de una puta vez.

-sube el volumen y ábrete un quinto.

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