Lobotomías Femeninas

Llevo varios días cocinando a fuego lento una receta, amarga y purgante, pero necesaria. Todo empezó el día – como otros muchos –  en el que algunas mujeres nos escrutamos ante el espejo con la crueldad típica que ejercemos sobre nosotras mismas: estiramos con las manos los mofletes hacia atrás, levantamos con el  índice la ceja derecha, agarramos y balanceamos esa piel que cuelga de nuestro brazo, pellizcamos nuestro trasero comprobando su poca resistencia a la ley de la gravedad…

Pero el pánico se apoderó de mí al comprobar que un vello en el monte de venus había perdido su pigmentación (que tenía un pelo del coño blanco, vamos). Mi vida pasó ante mis ojos y acabó con un fotograma de servidora en un sillón orejero, tejiendo calcetas y con un moño blanco en mi cabeza inclinada hacia mis labores. Terror, miedo, negación.

Pasé varios días pensando que era el principio del fin. Un punto de inflexión en mi aceptación social como mujer  “joven-activa- arreglada-como tiene que ser “ y que empezaba la cuesta abajo.

Os preguntareis qué tipo de retraso mental me ha llevado a pensar todo eso y afortunadamente, yo también me lo he preguntado. Solo tenéis que poner un ratico la tele (sé que es duro a veces, pero intentadlo) y mirad los anuncios cuyo target es la población femenina: péinate, maquíllate, adelgázate, quítate las ojeras,  ¿piel de naranja?, pies  suaves, sonrisa blanca, melena con volumen,… una gota Malaya que penetra en tu cabeza cuidada con “Garnier puntas abiertas”.

Un cuarentero con canas es un tío elegante. Una cuarentona con canas es una “¿Y cuándo vas a la pelu? Nadie le exige a un periodista que salga por la tele que  esté bueno, pero ella debe salir medio en pelotas. Al jefazo le dan por hecho su capacidad, ella lo tiene que demostrar continuamente. Cosas tan cotidianas que se nos escapan y aceptamos como normales. PERO JODER, QUE NO LO SON.

Que pidas dos menús infantiles en la hamburguesería de turno y te hagan elegir ―¿Juguete de niña o de niño?―error a todas luces  garrafal. Pero lo espeluznante es que el juego masculino sea un juguete de acción y el femenino sea un peine (han oído bien señores, UN PUTO PEINE). Que las niñas ya nos enteremos de bien pequeñitas que lo nuestro es estar guapas. Ellos que se diviertan.

Y podría llenar páginas y páginas de micro machismos comunes y desgraciadamente habituales, pero me voy del tema y esto parece un brain storm de feministas.

Sigo con mi receta a fuego lento… a ese pelo púbico endemoniado  le ha seguido una horda de canas en el flequillo (y cuando digo horda, digo un buen puñado) y ahí se van a quedar. No voy a esconder que tengo casi 39 años. No voy a esconder que soy una mujer medio madura que hace putos equilibrismos  por ser madre, trabajar, ser socialmente activa y que disimula estar emocionalmente equilibrada. No es para esconderlo, es lo que soy y seré cada vez más.

Ya sé que puede ser una frivolidad―unas putas canas que voy a aceptar― y que detrás de estas quejas de tía de clase media  y sus problemitas del primer mundo, se esconde un problema gravísimo incrustado en la sociedad que no osaré tocar aquí.  Pero ya os he dicho que es  a fuego lento.

Ilustración: samantalopez.wixsite.com/digital   IG: samlo.digital

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La esclavitud sigilosa y otras depresiones postvacacionales

Sí, lo sé. Nada nuevo bajo el sol. Hablar de depresión postvacacional a finales de agosto es “mainstream”.  Cada año la misma mierda y la misma crisis existencial-espiritual- dame veneno que quiero morir.

¡PROBLEMITAS DEL PRIMER MUNDO!

Igual que la desazón que te entra días antes de ponerte el ansiado traje de baño “¡Oh, Dios! Si tengo el cuerpo  lleno de pelitos que durante el invierno no hacían ningún mal” a “¡Oh, Dios! Cómo voy a soportar once meses y una semana otra vez”.

Ya lo decía el gran Rubianes: deberíamos colgar de los huevos a un ventilador al que inventó esta estructura social. Inviable, insufrible e incompatible con la vida familiar (pero eso es harina de otro costal)

Por el supermercado andaba yo (maruja facts) cuando la imagen de los carros de la compra en la entrada me han dado un bofetón tan metafórico como la imagen de los mismos: en fila, encadenados y numerados.  Se parecían tanto a los que hacíamos cola. “¡Señorita Reme, acuda a caja!”.  Los pitidos  intermitentes cada vez que la cajera pasaba un código de barras por el lector, parecían constantes vitales de un enfermo terminal.

Pero nosotros somos mucho más sofisticados que los carros, sí señor. Nuestras cadenas (invisibles) no se sueltan con un eurito por la ranura. Hipoteca a treinta años, contrato laboral, cuenta bancaria, aquel préstamo maldito, la línea del móvil (Internet, no puedo vivir sin Internet), la visita trimestral al terapeuta,…

Pequeñas cadenitas , cerrojos y argollas de las que si un día decides zafarte te será  muy,  pero que muy difícil. ¡Qué bonita la moto que hemos comprado, joder!  Somos como pequeños componente vivos en una cadena de montaje enorme (en un turno de noche con lo peor de Rubí, guiño, guiño), manejados por manos ajenas.

La cinta del bufete libre en el restaurante chino dando vueltas con la misma comida. Siempre.

O saltas de la cinta ¡ya no juego! y montas un huerto de repollos rojos en Katmandú o aceptas las normas  y te abasteces no solo de consumibles si no de micro momentos de felicidad. Así pues:

-besa a tus hijos.

-termina la segunda novela de una puta vez.

-sube el volumen y ábrete un quinto.

Mentira 2.634

No. No existe. No es más que un instinto primario, sucio y básico como el miedo o el hambre. Su verdadera función, la de no extinguirnos como raza, ha sido manipulada durante miles de años por seres egoístas, dependientes y enfermizos, convirtiéndolo en algo irreal para los que creen poseerlo y doloroso para los que creen no haberlo poseído nunca. La función de la reproducción extorsionada vilmente.

Romanticismo como opio del pueblo y cicuta a su vez.

Un querubín regordete y alado con los ojos tapados -ergo, no sabe lo que hace- te hiere con una flecha. No te toca, no te elige… TE DISPARA. Ridícula representación como ridículo es tu comportamiento cuando crees haber sido alcanzado por la flecha invisible. La flecha que te has inventado.

¿En serio quieres estar con esa persona? No te engañes. Lo que quieres es sentir lo que TÚ sientes cuando estás con esa persona. Si lo sintieras estando solo, no la necesitarías.

Aquello con lo que vibraste el primer mes, o el primer año si me apuras ¿lo recuerdas? estabas hasta el culo de endorfinas que segregaba tu cerebro. Tu instinto reproductivo a pleno rendimiento. Sexo del bueno, mariposas, besos largos y esas movidas que te dan media vida. Eso ya pasó. Siempre lo hace. Y entonces te dicen que es amor. ¡Ohhh, qué bonito el amor!

¿No te acordaste de nuestro aniversario? Mi familia no te cae bien ¿Por qué estás mirando a ese pibón? Ya no me dices que me quieres… ¿Este mes hemos follad─perdón─hecho el amor? Es que ya no es lo que era. No eres tú, soy yo  ¿Y ahora qué hacemos? ¿Tenemos un hijo?

¿Amor? Es un contrato entre personas físicas. Un win-win. Un compañero de viaje. Una amistad multi-funcional. Una hipoteca a 50 años entre dos. Puede llegar a ser bonito, incluso perfecto. Pero que no te engañen más.

El amor no existe. Son los padres.

 

 

 

 

 

Terapia de grupo (o cuento anti-navideño)

La nieve escharchada cruje bajo mis pasos lentos. El sonido irritante atraviesa el grueso gorro de lana, taladra mis oídos y llega hasta mi espinazo, erizado ya por el frío de la tarde. Los copos se mecen ante mí con un vaivén despistado instantes antes de tocar el blanco manto. Algunos se posan en mis mejillas, hartas de su presencia. Al final del paseo se divisa el alumbrado navideño del Centro Social: luces histéricas parpadean sin cesar, capaces de provocar un ataque epiléptico a quien las observa más de lo recomendable. La gente pasea cargada con bolsas de cosas inútiles que regalar a gente a la que ni siquiera desea regalar nada.

Un sonido oxidado sale de la tienda de camisas. Quizá debió ser hace años una cinta con villancicos. Mientras, un tipo con traje de Papá Noel y barba falsa hace sonar una campana.

«¡Feliz Navidad!» grita el preso en tercer grado disfrazado de rojo.

La sensación de vivir dentro de una psicosis social extendida me abruma y hace que acelere el paso hacia mi sesión de terapia mensual. En estas fechas es cuando la necesito más que nunca. Mi mano dentro del bolsillo aprieta con fuerza la ficha con el número 4. Número de Navidades que llevo superadas. Limpio. Indemne.

Solo puedo relajar mi rictus una vez dentro de la sala. El grupo de terapia empieza a llegar y chirrían las sillas cuando las colocamos en círculo frente a nuestro terapeuta. El psicólogo nos saluda amablemente y se sienta cruzando sus largas piernas. Tiene aspecto de insecto palo y cada vez que se arremanga el jersey de cuello alto se le ven los parches de nicotina en el antebrazo.

―Buenas tardes, compañeros― repite con su acento porteño para que algunos dejen de hablar―. Agradezco a todos ustedes su asistencia en estas fechas tan complicadas para el grupo. Gran parte del trabajo realizado durante el año debe aplicarse ahora. Hemos trabajado duro para ello y sé que ustedes lo pueden lograr. Quiero también dar la bienvenida a los nuevos integrantes. Espero que puedan compartir con ellos las experiencias vividas durante la terapia y que sientan pronto que forman parte de esta familia. La familia de afectados por la Navidad. ¿Alguien desea empezar?

Una chica nueva alza tímidamente la mano. Lleva una melena rubia alisada a golpe de plancha y el uniforme de un conocido centro comercial. La placa de plástico con su nombre grabado cuelga torcida de su camisa horriblemente estampada. El moderador estira el brazo hacia la nueva candidata y extiende la mano otorgando la palabra a la chica.

—Hola a todos. Me llamo Mariluz— dice pasados unos segundos y mirando a sus zapatos.

—¡Hola, Mariluz!— contesta el grupo al unísono.—Yo…bueno…mi problema es que… mi problema…mi pro…

La joven se derrumba antes de terminar la frase. Ricardo, el psicólogo argentino, alarga la caja de kleenex que va pasando de mano en mano hasta llegar a la dependienta.

—Tómate tu tiempo. Estamos aquí para ayudarte. Tranquila—manifiesta el moderador sin inmutarse. Mariluz, después de sonarse los mocos de forma escandalosa y limpiarse parte del rímel repartido por su cara, prosigue:

—Mi problema… Pues imagino que el mismo de todos. La navidad ¡LA PUTA NAVIDAD!—Todos los asistentes dan un respingo en la silla tras el brusco cambio de tono—.  Maldita época. La sección de perfumería es el averno. El hilo musical del centro comercial es una tortura y las señoras se vuelven locas. ¡Locas! —. Mariluz está visiblemente afectada y gesticula en cada uno de sus reproches. —Tengo las muñecas en sangre viva de probar perfumes y el olfato atrofiado. No soporto a las chonis que vienen a pintarse con mis muestrarios y me duelen los dedos de envolver paquetes. Los hombres me preguntan qué regalar a sus mujeres y las suegras qué color de labios le sienta bien a sus nueras ¿Y yo qué coño sé, señora? He visto a abuelas pelearse por un pack regalo de colonia de Shakira. Pero el día de nochebuena es el peor. La gente corre por los pasillos y me gritan «¡Señorita Mariluz, señorita Mariluz!» Solo quiero encerrarme en los cambiadores y llorar, aterrada por la marea de zombis con sus tarjetas VISA en la mano. No sé sin son las luces de la entrada, los villancicos, el muérdago de plástico… no sé. Solo sé que mi integridad se pone en peligro justo cuando empiezan a decorar los almacenes con esos ridículos renos de poliespán.

La cara de Mariluz es un poema. Le brillan los mocos bajo su bonita nariz y las mejillas están cubiertas por su máscara de pestanas. Sigue limpiándose mientras Ricardo se levanta para golpear suavemente su espalda y alabar su valentía. Pasan unos instantes hasta que un nuevo miembro se decide a intervenir. Los suspiros de Mariluz siguen sonando en la sala.

—Hola a todos, soy Jonathan.

—¡Hola, Jonathan! — saluda el grupo efusivamente.

—Yo también soy un damnificado de esta horrible festividad. Mi vida personal y profesional ha sido totalmente destruida.

—Cuéntanos, compañero. Estamos aquí para escucharte y comprenderte — apunta Ricardo.

—Vivo en el ojo del huracán. En la fábrica de pesadillas. En la factoría de la vergüenza ajena y el cementerio de la originalidad…soy, soy…—. El hombre de aspecto cansado apoya sus codos en las rodillas y agacha su cabeza.

—Ánimo, compañero. No tengas miedo — dice el terapeuta.

—Soy…soy…guionista de pelis navideñas.

Un murmullo generalizado ha explotado en la sala. El paje de Melchor ha decidido abandonar la reunión, indignado. Las figuritas del Belén se llevan las manos a la cabeza y el pavo de Navidad empieza a soltar relleno por el culo, atacado de los nervios.

— Tranquilos, tranquilos. —El terapeuta se levanta y llama a la calma general. El guionista todavía no ha levantado la cabeza—. Buscar culpables no es la solución. Sigue, Jonathan. Pido un poco respeto al compañero. —Y da unas palmaditas como si de un profesor de instituto se tratara.

— Vivo en un bucle argumental. Las escenas siempre son las mismas. Los finales son idénticos y las bandas sonoras son una basura. Sueño con el espíritu de la navidad pasada y he cogido alergia a la nieve artificial.

El pobre guionista empieza a sollozar. La compasión se adueña de la sala y hasta el ayudante de Santa Claus se ha levantado a tocar su hombro. Parece que todos han comprendido el infierno por el que también ha pasado el muchacho. Yo no quiero ser menos y me decido a compartir mi dura experiencia personal con el novato.

—Hola, Jonathan. No te preocupes. Todos los que estamos aquí sabemos lo dura que puede ser la Navidad. Aquí donde me ves, estaba peor que tú. —Y levanto mi corto brazo enseñando orgulloso mi placa con el número 4. Jonathan abre los ojos, admirado. —Mi vida antes de encontrar este grupo y empezar el tratamiento fue realmente dura.

Veo como los asistentes toman asiento y se interesan por mi historia, aunque no es nueva para muchos de ellos.

— Me costó aceptar que el amor de mi familia era temporal. Solo se preocupaban por mi bienestar días antes de navidad y me desechaban en el más despiadado olvido durante el resto del año. Me daban calor, amor, cariño, alimento, pero solo durante estos malditos días. Poco a poco descubrí que solo les interesaba mi tránsito intestinal. Me empujaban a la bulimia sin más y me obligaban cruelmente a comer cuando yo ya estaba saciado. Empecé a sentir miedo hacia aquellos seres que consideraba mi familia. Pero el pánico se apoderó de mí la noche de Navidad. Poco a poco, mi familia, empezó a rodearme. Llevaban palos y bastones en las manos y los niños parecían poseídos por un extraño demonio. Empezaron a golpearme sin motivo alguno mientras entonaban cánticos que a mis oídos llegaban como ritos satánicos. —Los ojos de Mariluz y Jonathan se abrían atemorizados—. El dolor de los duros golpes quedó en nada cuando tuve que cagar una bicicleta. Sabe Dios que no existe mayor dolor. Pero no acabó ahí, no. La avaricia de aquellos monstruos hizo alargar mi agonía hasta la extenuación: un móvil, un jersey de punto, un pijama para mamá, un libro de Paulo Coelho (eso fue lo peor, sin duda). Cuando acabó aquella especie de aquelarre, abrieron el trastero y me dejaron allí, al lado de la cinta de correr y la batidora multiusos que anunciaban en la Teletienda…Abandonado. Dolorido. Solo. Pero aquí estoy. Luchando una Navidad más.

El silencio reina ahora en la sala. Solo el sonido de la silla de Ricardo irrumpe en nuestro pesar general. Se agacha hacia mí y me entrega algo que hace volcar mi corazón de madera: la placa con el número 5.

—Enhorabuena por tu quinta Navidad, Tió — sentencia mi terapeuta.

 

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Manual para convertirte en una “loca del coño”

La mente de un (casi) escritor es un lugar peligroso. Una olla exprés. Una bomba de relojería― ¿Cable rojo, cable azul?―Un tsunami de ideas que arrastra y destruye una cuidad hecha de antiguas creaciones hasta ahora, perfectas. La escaleta se derrumba cual castillo de naipes en cuyo dorsal no hay picas ni corazones, sino personajes, diálogos, historias.

Un mal vicio. Un trastorno obsesivo compulsivo (¡TOC, TOC!) que no te deja ver una peli sin relacionar la trama con la historia que tú estás escribiendo. Una nube que te envuelve mientras escuchas las batallitas de tus amigos e intentas colarlas en el último capítulo que no te sale ni a tiros…

«¿Me entiendes lo que te digo, Pati? ― Sí, sí… te entiendo»

Pero la verdad es que me he ido a la España rural de los 80 y me he inventado una historia con la que empezar una nueva novela mientras me explicabas los festejos de tu pueblo cuando eras pequeño.

Un tipo de aspecto desaliñado con una bolsa de forma extraña en el bus, es un caramelito para mi cabeza: «Juan debía huir de aquella ciudad. Robó el libro con el conjuro y los cánticos con los que invocar a Lucifer. Había sido perseguido por aquella secta satánica disfrazada de comunidad cristiana, pero había conseguido escapar. El cansancio hacía mella en su cuerpo y sobre todo en su mente perturbada. Tenía un aspecto ruinoso. Dejó aparcado su coche de gama alta y cogió el autobús para despistar a los fanáticos.»

Estoy preparando la cena y escribo mentalmente el diálogo de la protagonista. Espero a mis hijas en la puerta de sus extraescolares e imagino un romance entre un padre y la profesora de inglés ―genial para un relato corto―Saco el segundo café de la mañana en la máquina dispensadora y pienso en el título del próximo capítulo….¡¡En cuanto llegue a casa lo escribo todo, lo escribo TODO!!

…En cuanto llegue a casa después de recoger a mis hijos, después de revisar sus agendas ¿deberes otra vez? Después de la lavadora, después de separar a las gemelas antes de que se maten, después de cambiar pañales de enano (un par de veces), después de preparar la cena del susodicho, después de preparar la otra cena para el resto de la familia (el tupper, que no se me olvide el tupper), después de limpiar la cocina cual taberna de vikingos, después de echar un vistazo a twitter y a un par de Blogs―¡qué bien escribe la gente!―después de un… ¡Joder, ya son las once!

«Uff… estoy muerta. Mejor lo escribo mañana»

La P.A.E y su primera cita

Era imposible concentrarse. Las pestañas de interacciones del “guasap” y el Gmail estaban a punto de petar. Intentaba fijar la mirada en la pantalla de mi PC y entender el Excel en el que estaba trabajando, pero las tres iniciales no salían de mi cabeza. PAE, PAE, PAE…

Nervios-1 . Comprensión lectora de Pati-0

Las vibraciones del móvil en mi escritorio no ayudaban mucho. Faltaban pocas horas para la presentación y todavía quedaban por definir puntos: puesta en escena, textos, preguntas.. ¡Joder! ¿En serio voy a hacer esto?

Aprovechaba mis visitas al baño para leer los emails de cadenas larguísimas y “guasaps” pendientes. Hasta las burbujas del Facebook reclamaban mi atención. El premio a la empleada menos productiva del día era para mí, no me cabe duda.

Pero al fin llegó mi hora (no la de palmar, si no la de salir del curro). Leía todo lo que tenía pendiente y oraba en voz alta mis posibles respuestas en el metro. Como una chiflada más con las que te cruzas a diario en el suburbano. Casi me paso la parada.

Las escaleras de “El Corte Inglés” hacia el espacio de “Ámbito cultural” se me antojaban eternas. En la (impresionante) sala ya estaban mis compañeros. Parecían tan nerviosos como yo, pero todos y digo TODOS, esbozaban una sonrisa increíble. Como un niño antes de subir a una montaña rusa.

Tenía la boca seca, las manos sudorosas y unas ganas tremendas de hacer pipí. El guión temblaba entre mis manos instantes antes de emitir las primeras palabras: “Definición de plataforma: Conjunto de personas, normalmente representativas, que dirigen un movimiento reivindicativo.” Pero estaba FELIZ

Escuché hablar con pasión a mis compañeros escritores y era FELIZ. Expliqué, no sé muy bien cómo, parte de mi novela y era FELIZ. Aplaudía la gente. Aplaudimos nosotros. Y era FELIZ.

La gente nos daba la enhorabuena en persona, por las redes, por teléfono. Y era FELIZ.

Me levanté exhausta, con sueño y con resaca sin haber bebido. Pero era FELIZ.

Pocas veces las señales han sido tan claras.Rotundas. Insistentes.

Ahora ya sé que debo hacer para ser aquello que todos buscan ¿Adivinas qué?

Suerte la mía que esto acaba de empezar.

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180

Era la época en la que ir al cine no suponía elaborar un tratado 2 semanas antes para ver dónde narices colocabas a tus hijos.

La época donde los protagonistas de la pelis eran de carne y hueso. Nada de coches animados, trenzas kilométricas ni gatos de acento andaluz. Si decidías ir al cine esa noche, se iba y punto. Hecho completamente banal que empiezas a valorar justo cuando dejas de tenerlo.

Y aunque no somos unos “gafapasta” siempre nos ha gustado el cine poco comercial.

Preferimos un documental sobre el desarrollo del escarabajo pakistaní, antes que ver “X MAN, la requetevenganza”. Todo lo que olía a comedia romántica nos daba urticaria, pero nos tragábamos una hora y media de cine oriental contemplativo y subtitulado. (joder, qué duro es ser moderno)

Yo por aquel entonces gastaba 3 tallas más de pantalón y 2 más de sujetador. Un hinchazón abdominal fruto de un embarazo gemelar monocorial- biamniótico (en resumen, un bombo descomunal). Podías llevarme a casi cualquier sitio, siempre y cuando encontraras un lugar donde aparcarme y un aseo de señoras cerca.

La salas de cine se convirtieron en un lugar recurrente en esos, los últimos días de mi embarazo. El frescor del aire acondicionado me calmaba los sofocos y la circulación de mis piernas,  con venas hinchadas cual  rotuladores de un bingo.

Lo más raruno que pudimos encontrar en aquella pequeña sala de la calle” Floridablanca”, fue un LARGOmetraje (y remarco lo de largo, porque fue largo de cojones) de David Lynch.

Mi marido lo admira (o admiraba) por su surrealismo, contradicciones y rarezas. Él siempre ha sentido afinidad por las cosas que solamente se pueden explicar de un modo subjetivo y por seres peculiares, hecho que por otra parte me inquieta, pues la que suscribe estas líneas es su señora esposa, y algo raro debo tener.Fijo.

Poco le costó convencerme de que aquel film era el indicado. Con dos bolsas de palomitas XXL entre mis manos, soy fácil de persuadir.

Entré en la sala zampando como si no existiera el mañana, dejándome engañar a conciencia por aquella leyenda urbana que dice que las embarazadas debemos comer por dos. Yo tenía ventaja. Debía comer por tres y vivía envuelta en aquella mentira para deleite de mis sentidos.

La magia del cine me embargó cuando la sala que quedó completamente a oscuras. Relamí las puntas de mis dedos salados silenciosamente, mientras las primeras escenas taladraban mis pupilas, abiertas a todo. Creo que la primera hora, transcurrió de un modo habitual, aceptando de manera natural toda la información que iba recibiendo y esperando (inocente de mí) poder enlazarla minutos más tarde.

Pero pasaban los minutos. Demasiados.

Aquellas imágenes inconexas se me antojaron pasajes de alguna pesadilla vivida.

Pasaban los minutos.

No encontraba conexión y la atmósfera era asfixiante.

Pasaban los minutos.

Si el director quiso trasladar la angustia a la sala, lo consiguió.

Pasaban los minutos.

Giré la cabeza de un lado a otro, buscando cómplices a los que mostrar una mueca arrugando mi nariz, pero estaba oscuro.

Pasaban los minutos.

Empecé a pensar que en aquella sala se había doblegado el contínuo espacio/tiempo y regresaba al pasado cada media hora.

Pasaban los minutos.

Dudé su había gestado una semana mas allí dentro y si salía ya de cuentas.

Pasaban los minutos.

Le salieron pinchos a mi butaca ¡Yo que había visto pelis de Greenaway sin pestañear!

Pasaban los minutos

Pero una luz al final del túnel se abrió, como aquella luz de paz que te acompaña en tu camino hacia el más allá: era la luz de la sala, medio siglo después.

Creo que mi primera contracción vino cuando el tipo de atrás juraba a su novia que él lo había entendido todo.

De la primera fila llegaron susurros «nunca mais, nunca mais».

Me puse de pie intentando llegar al pasillo, metiendo la barriga entre la gente, de igual forma que metes el morro de tu coche en una rotonda.

Escapé de aquella sala, donde el tiempo medido por los humanos hace millones de años, perdió todo el sentido.

Algo tuvo que ver mi omisión sobre el dato más importante.

Mi prominencia abdominal me ocultó la información que se escondía en las últimas líneas del díptico informativo. Aquel papelucho que solo leían los intelectuales de verdad y que yo hojeaba en diagonal.

180 minutos… ¡¡180 minutos!! Quizás no demasiado para una persona, pero media vida para algún insecto, y más aun si el insecto desconoce el dato.

Y aquí estoy ahora, pisando una sala de cine cada 12 meses y recordando con melancolía aquellas sesiones infinitas con directores de nombres impronunciables. Ojeando los títulos de las maxi-salas y buscando algo lo suficientemente comercial, que me conmueva rápido-bonito-fácil, gracias.

A mi pesar, ya no tengo tanto tiempo para perder a mi antojo.

El Principio del FIN

EL PRINCIPIO DEL FIN

DIEZ: Las perchas danzan violentamente suspendidas en la barra del armario sueco mientras yo rescato mi ropa. De la misma manera que intento rescatar mi dignidad.

NUEVE: En la pantalla de mi móvil parpadea tu nombre y sus iniciales retumban en mi cabeza.

OCHO: Con tu mano derecha golpeas el volante de tu coche y con la izquierda marcas mi número con tus dedos hábiles y acostumbrados a él.

SIETE: El rojo del semáforo parece burlarse de ti y aceleras cuando éste decide cambiar de color. Crees que así dejarás la culpa atrás, pero es rápida y te alcanza en la curva que tomas peligrosamente.

SEIS: Intento cerrar la maleta con los restos de lo que fue nuestra vida en común. Sabiendo que dejo mucho más que objetos entre estas paredes.

CINCO: Me doy prisa. No quiero verte en la puerta bloqueando la salida con tus brazos y anulando mi voluntad con tus ojos, que se vuelve líquida y se derrama por el suelo cada vez que me pides perdón.

CUATRO: El nudo de tu corbata te ahoga y el peso de la conciencia te oprime. Intentas debilitarlo inútilmente y tus golpes sordos sobre el volante te anuncian el principio del FIN.

TRES: Te dejo algunos libros en el salón, la cubertería en la cocina y un precipicio en el lado izquierdo de la cama. Que cuando el recuerdo no te deje dormir, percibas su profundidad y sientas el abismo a tu lado. Yo no he sido capaz de acostumbrarme al vértigo que produce tu ausencia.

DOS: Me llevo algunos recuerdos y el viejo mapa de tu cuerpo, maldiciendo las muchas sendas que me quedaron por explorar. Me llevo la comisura de tus labios cuando sonríes y el aire templado de nuestra primavera que quedó lejos, muy lejos.

UNO: Unas calles te separan de nuestra casa, pero has podido oír mi portazo. Sabes que ha sido fuerte, valiente y definitivo. He cerrado la puerta con el peso de nuestros años compartidos. No sigas corriendo. Sabes que llegas tarde. Muy tarde.

CERO.

Nymeria.