FLIGHT DELAY

Érase una vez, en un país muy lejano…
Así empezaban los cuentos que arrullaban mis sueños cuando podía contar mis años con los dedos de las manos. Irrumpían descaradamente en mi inocencia, alumbrada bajo la bombilla de 60 vatios de mi antigua habitación.
Cabalgaba a lomos de un cuento hacia lugares donde podías soñar sin necesidad de cerrar los ojos. Aferrado con fuerza a la colcha de estampado infantil porque volar, a veces, daba vértigo.
Adivinar que cuando 100 personas cierran la puerta de la nevera a la vez, nace una flor azul en las montañas nevadas. Y descubrir que si un niño llora al perder su muñeco favorito una hormiga aprende a ponerse de pie.
Aprendí el lenguaje de los semáforos que utilizan los seres que viven bajo el asfalto para comunicarse con sus vecinos de las calles cercanas, habitantes del subsuelo también.
Pero poco a poco, las parábolas increíbles que se producían de forma tan natural como nuestra capacidad para creerlas, se diluyen en los años .Un bofetón de realidad adolescente golpeó mi rostro con acné. Los calcetines con cochecitos rojos y los caballeros de espadas de papel se quedaron en el fondo del cajón.
Olvidar 20 historias en un mes y sonrojarme al ver un semáforo cambiar de color costó muy poco. Los rincones de mi memoria habitados hasta ahora por todos aquellos cuentos fueron desahuciados. Química, Latín y la rubia de 2º de BUP ocuparon con “K” esos espacios.
Algunas veces, solo algunas, me acordaba del ladrón de calcetines cada vez que desaparecía alguno en mi armario. Aquel ser infame que robaba las prendas para un día atacarnos con una bola inmensa de millones de calcetines perdidos. Una bola gigante rodando por la calle Balmes, acabando con todo y dejando un rastro oloroso sólo comparable al de un centenar de pies después de una maratón. Se pintaba entonces una leve sonrisa, mezcla de nostalgia y vergüenza por haber creído todo aquello.
Pasaron más años, muchos. Se borraron por completo todas esas historias y cuando un cuento se olvida es como si jamás hubiera sido contado.
Y esperando en esta triste terminal del aeropuerto tecleo en mi ordenador portátil. Alzo la vista por encima de mi pantalla y otros cinco tipos cortados por el mismo patrón hacen lo mismo: llevamos un traje, una corbata, y unos buenos zapatos. Tenemos un buen sueldo a fin de mes y viajamos más de lo que nos gustaría. No tomamos decisiones arriesgadas y los balances y los porcentajes son nuestra religión. No hay espacio para la intuición. No cabe tampoco la imaginación si la suma de ambas no da un importe exacto previamente calculado.
Tengo lo que había soñado y por lo que he luchado.
Pero si el enano que se agarraba al edredón y creía en los ratones que cambiaban dientes por pesetas me viera ahora, pensaría que soy un tipo gris. Gris y aburrido.
Te he vendido. Te he traicionado.
Quiero pedirte perdón. Quiero que sepas que te buscaré de nuevo. Quiero recuperar parte de aquella locura, para seguir manteniendo esta cordura. Quiero que conozcas al hijo que está en camino y que juntos podáis compartir lo que yo ya no soy capaz de imaginar.
Prometo inventar, mentir, crear y contar todo lo que suponga un viaje para mi hijo en el que los adultos ya no tenemos billete.
Mientras, el maldito vuelo Iberia 1685 sigue con retraso y los pingüinos con traje seguimos hundidos en el diario versión digital.
Pero de repente, cambia el rostro de los ejecutivos. En su escueto catálogo de expresiones aparece el de la sorpresa. Sus ojos se abren y sus frentes despejadas se arrugan.
Todos nuestros portátiles se abren y se cierran solos. Lo hacen de forma rítmica y simultánea. El señor de mi derecha ha sido mordido por la tapa al intentar apagarlo. Cada vez lo hacen con más rapidez, como el batir de unas alas. Se elevan poco a poco sobre nuestras narices y emiten sonidos de aves. Todos los portátiles sobrevuelan sobre nuestras cabezas y algunos pasajeros están a punto de partirse el cuello mirando hacia arriba. Empiezan a revolotear en forma circular sobre la puerta de embarque.
No paran de graznar y dejan caer letras de imprenta sobre nuestros trajes y el suelo de la terminal. Un “arroba” ha caído en la calva del ejecutivo más mayor como una cagada de gaviota, mientras la azafata de iberia intenta borrarlo con su pañuelo de motivos corporativos. El caos se apodera de la puerta de embarque 23 y una Tablet, que no tiene alas, planea con estilo entre los vuelos hábiles de los laptops.
Un señor se ha quitado la americana y la va a emplear como una red. Se acerca sigilosamente al ordenador que reposa sobre su equipaje de cabina mientras mueve sus alas negras suavemente, con el dibujo de la manzana mordida.
Y esquivando el vuelo agresivo de un ordenador, bajo la vista y me encuentro de nuevo con mi portátil sobre las
rodillas y con estas letras.
Creo que has vuelto. Sí. Es posible que andes cerca, mocoso.

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La Orquesta Maravillas

LA ORQUESTA MARAVILLAS

Sucedió en uno de aquellos veranos de mediados de los ochenta. Aquellos veranos que sabían a Frigo-pié en las tardes calurosas mientras tus padres dormían la siesta acunados por la melodía de “El coche fantástico”. Aquellos veranos añejos, de noches frías y rebecas de lana.
El aire fresco se deslizaba por los montes de piedra, en la falda de los Picos de Europa. El valle verde, escenario de mis recuerdos infantiles, albergaba pasmado los cambios que llegaban desde la capital. Mi abuelo paseaba por la calle todavía con su “cachaba”, mientras los hijos de sus vecinos, colgaban cruces de sus lóbulos y pinchaban sus chalecos de cuero con chapas de colores.
El tiempo se congeló hacía un par de décadas y solo aquellos días de verano, se apreciaba lo que se cocía en el resto del convulso país.
Yo corría sola por las calles y los adultos tomaban copas de vino y chatos de cerveza.
Mi premio por aguantar una hora de chapa en la iglesia, patrocinada por el cura del pueblo, se materializaba en un vasito de mosto sin alcohol, entretanto, cientos de cigarros humeantes nos rodeaban a mi prima y a mí en uno de los tres bares del pueblo.
El final del agosto se aproximaba y las fiestas no habían hecho más que empezar. El número de habitantes se triplicaba y los hijos de los hijos regresaban a su origen por unos días.
Todo ocurrió la segunda noche de los festejos. Un sábado de agosto de 1986.
La Orquesta Maravillas, amenizaba la noche y la cantante susurraba una balada de los “Hombres G”, mientras mi prima y yo correteábamos entre las parejas abrazadas al son de la melodía.
En nuestras bocas explotaban los peta-zeta y se escapaban disparados entre los agujeros de nuestro dientes a medio hacer.
Las estrellas brillaban como nunca en el valle y los petardos resonaban en los muros de piedra milenarios.
Nos apartamos de la verbena, hacia el camino de la fuente.
La luz de la luna brillaba y pudimos adivinar en el camino como nuestra prima mayor se besaba con aquel guaperas de Bilbao. El mozo le metía la mano por debajo de la minifalda ajustada y ella se la apartaba disimuladamente. En sus rizos llenos de laca se reflejaban los rayos de la luna y su cabeza titubeaba de un lado a otro, mientras enroscaban sus lenguas. Aquello nos pareció vomitivo y Silvia tiró el último petardo que me quedaba en el bolsillo de mi pantalón de pana.
Los dos botaron del susto y el grito agudo de mi prima mayor, hizo salir de detrás de un banco de piedra a unos mocosos que fumaban por primera vez.
Salimos corriendo despavoridas, muertas de la risa y dejando detrás los insultos de mi prima Gloria y las carcajadas del vasco.
Corrimos hasta la puerta del pequeño hostal y nos reclinamos en alféizar de las ventanas laterales, lejos de la vista de los demás.
La Orquesta Maravillas no era más que un rumor lejano y nosotras nos vanagloriábamos de nuestras maldades.
Saqué los dos últimos chicles de mi maltrecho bolsillo infantil. Mascábamos como dos vaqueros duros del Oeste y dibujábamos letras con un palo en el suelo, ya completamente iluminado por esa luna inmensa y nuestros ojos acostumbrados a la penumbra.
Unos pasos en la gravilla del camino a medio asfaltar, resonaron entre las notas difuminadas de una canción de Mecano.
Nuestro reflejo, fue escondernos tras un chopo de diámetro desconcertante. Podría ser mi prima enfurecida, o mis padres que llegaban ya para dormir esa noche allí.
Esos días estábamos todos en el pueblo, y las pequeñas casitas construidas para los trabajadores de la minería, no era suficiente para albergar a los López-López al completo.
La vieja Carmina, dueña de la posada, era como de la familia. La verdad que todo el pueblo era como de la familia. Las beatas me paraban por la calle y me decían – ¿Tú eres la pequeña de Luis? ¿El mayor de Adoración?- Y repasaban mi árbol genealógico aquellas señoras que yo jamás había visto en mi vida.

Pero no. No era ninguno de ellos.

Era el hijo del manco, raro apodo para alguien a quien no le falta una mano, si no una oreja.
Andaba desgarbado y estaba muy delgado. A mí me parecía una mantis religiosa con ropa de cuero y cresta engominada. Se comentaban mil historias sobre la familia del manco. Su hijo, uno de los primeros jóvenes en caer en las redes de la heroína, cuando aún no se conocían sus efectos devastadores. El propio manco, un loco viudo hacía años, que dejó de visitar la iglesia desde entonces.
Por supuesto no osamos movernos de nuestro escondrijo y nos asombramos cuando vimos al joven llamar a la vieja puerta del hostal. Su imagen desapareció detrás de la pared cubierta de hiedra cuando Carmina, como es obvio, le abrió la puerta. Era un chico del pueblo, casi de la familia.
Giramos nuestra vista hacia la fiesta y decidimos volver. Mi prima Silvia repasaba la rumorología entorno a la extraña familia. El aburrimiento de las viejas del pueblo enredaron las escabrosas historias con todo lujo de detalles y yo arqueaba los ojos con el asombro de una niña pequeña.

La noche finalizó y en la plaza solo quedaban restos de botellas, serpentinas de colores y un ligero olor a orín.
Los rayos de sol, como puñales de calor en agosto, atravesaban los huecos de los picos montañosos.
Mi padre, con resaca pero madrugador, ojeaba el Diario de León en el bar con el mismo nombre que el rotativo.
Carmina era adorable, pero el café de puchero de su hostal dejaba mucho que desear.

Cuando el expresso quemó los labios de mi padre vislumbró el apartado de sucesos.
Tembló y unas gotas de café mojaron la noticia.
La mancha oscura se deslizó silenciosamente, atrapando poco a poco las letras de imprenta en el periódico provincial.
El hijo del manco había atracado a un tendero de un colmado en León. En la contienda, el tendero había sido herido de arma blanca. El propietario de las iniciales J.O se encontraba todavía en estado grave. Era ya el tercer atraco cometido, en pleno síndrome de abstinencia.
Mi madre se desperezaba en el hostal decidida a darse una ducha reparadora.
La última vez que vieron al presunto agresor, fue en la estación de autobuses, comprando un billete para el coche de línea, único medio de transporte hacia su pueblo natal. El pequeño pueblo en las alturas. Mi padre repasaba las líneas con los ojos muy abiertos y el corazón muy cerrado.
Mientras, mi madre golpeaba con fuerza la puerta de uno de los baños, intentando mover aquello que bloqueaba la vieja puerta de madera.
Mi padre releía la noticia y llamaba al hombre que se encontraba detrás de la barra, casi de la familia. Se llevaban las manos a la cabeza y giraban las páginas delante y atrás como si en el reverso encontraran una respuesta.
Mi madre, con un último empujón, movió la pesada pierna de Carmina, inerte en el suelo. La palidez de su piel arrugada contrastaba con el charco de sangre roja y morada que cubría las baldosas del baño.
La mujer, tumbada en el suelo. Su cartera, abierta a su lado, dejaba escapar pequeñas pesetas que nadaban en sangre.
Un grito estremeció el pueblo donde nunca ocurría nada.
Y un café, como una mancha de petróleo en el océano, se derramó completamente en la hoja temblorosa tras el grito que despertó a los montes de su letargo.

Como la canción de Mecano que no paró de sonar el verano del 86
Cruz de navajas.
Cruz de navajas, sobre Carmina.

Mientras la mantis religiosa de negro entraba en el Hostal, pude oír parte de su estribillo, cantada por la Orquesta Maravillas aquella noche de verano:

Cruz de navajas por una mujer, brillos mortales despuntan al alba, sangres que tiñen de malva el amanecer”

verbe